Leah ( Son los dos primeros capítulos de lo que es un proyecto de novela)
La puerta de la cafetería se abrió y entró una oleada de calor en la climatizada estancia. Una mujer joven de unos veinte años entró portando consigo un ordenador portátil. Ya era clienta habitual de aquel café y todos los camareros la conocían por una chica introvertida pero simpática y muy trabajadora.
- ¿Lo de siempre señorita Watt?- le preguntó uno de los camareros del café.
- Por supuesto Michael. Un café y...
- ...Y un croissant.- terminó el camarero con una sonrisa. Ella asintió. Entonces se abandonó a su trabajo. Estaba escribiendo una crítica sobre el último libro del casi desconocido Sean Hans. Se llamaba Caza sangrienta y trataba de vampiros. Pero, para hacer una crítica, primero debía leerlo, y estaba en ello, pues acababa de pasar por su librería habitual para comprarlo.
- Es realmente bueno... - murmuró dos horas más tarde, cuando uno de los camareros le traía ya su tercer café.
- ¿Lo es?- preguntó el camarero.- No es un autor muy conocido. La verdad es que ha vendido poco, pero a mí me gusta bastante como escribe.
- ¿Lo ha leído David?- preguntó ella con curiosidad. Él asintió sonriendo.- Vaaaya... Es impresionante, ¿verdad? Nunca pensé que fuera tan bueno y tan poco conocido.
- Y si no es indiscreción, señorita Watt, ¿Puede decirme el porque de leer un libro que tan poca gente conoce?
- En la revista se decidió hacer una nueva sección, de la cual yo soy la encargada, para dar un poco de publicidad a los autores poco conocidos y hacer una crítica, a la vez que se escribe la sinopsis, de uno de sus libros. Sean Hans es un autor poco conocido y, ya que ha escrito dos libros y el último lo sacó recientemente, le hemos escogido para que la gente sepa de él. – explicó.
- ¿Y se lo han consultado? Es decir, creo que deberían haberle preguntado por si él prefiere seguir en el anonimato.
- No creo que nadie quiera estar en el anonimato cuando escribe un libro. ¿Usted lo querría así?- preguntó con una sonrisita.
- No, la verdad es que si yo escribiera libros me gustaría ser reconocido.
- Ve, no creo que tenga inconveniente alguno.- dijo ella, sonriendo aún.
David, el camarero, la miró con detenimiento y luego le sonrió.
- ¿Le importa que me siente con usted? Es que tengo un rato libre.- preguntó al cabo de unos minutos. Ella le miró sorprendida, pero asintió.
- Por supuesto que no me importa. Siéntese David, por favor.
David empezó a reír y ella le miró, perpleja.
- Deje de hablarme de usted. Llámeme sólo David. Hace ya tiempo que nos conocemos, no hacen falta estos tratos...
- Entonces deja de llamarme señorita Watt. Mi nombre es Leah.
- ¿Y Aila Swatt también?- preguntó el chico con una enigmática sonrisa.
- ¿Cómo sabes...?- empezó a preguntar al oír el pseudónimo que utilizaba en sus artículos. Pero David la interrumpió.
- No debes hablar más de la cuenta si no quieres que te descubran.- entonces le guiñó el ojo.
Leah se sorprendió de la repentina confianza que había entre el camarero y ella, nunca había hablado así con nadie que no conociera desde hacía años. Pero ese chico enseguida que le había dicho su nombre había empezado a tratarla con una confianza que la dejaba perpleja.
Leah se subió las gafas que usaba para leer, algo que hacía cuando no sabía que decir, y se empezó a retorcer un mechón de pelo dorado.
David era atractivo, la verdad. Nunca había reparado en eso puesto que la mayor parte del tiempo que pasaba en el café estaba trabajando. Aún así se sabía el nombre de todos los camareros.
David poseía unos ojos de color chocolate. En realidad todo él era chocolate. Su piel tenía un tono más oscuro que la del resto de los ingleses de Dover y su pelo era castaño. Su personalidad y su forma de tratarla también eran dulce como el chocolate y a Leah, que era una gran amante del chocolate, le daban ganas de comérselo.
Leah, en cambio, era el prototipo de joven británica. Rubia, con los ojos verdes y de piel blanca. Era más bien delgada y sus mejillas, permanentemente rosadas, estaban surcadas por un mar de pecas. No era muy alta, pero tampoco muy baja. De hecho, David debía sacarle unos buenos diez centímetros. Su hermana Sian solía mofarse de ella presentándola como: “Leah, metro sesenta y seis y cuarenta de pie. Sentada es un cuarenta y uno.” Eso la reventaba de pequeña, pero poco a poco fue dejando de darle importancia.
- Oye, ¿Haces algo esta noche Leah?- le preguntó de repente David al ver que se había quedado mirándole mientras pensaba.
- ¿Eh? Ah, no... No tengo nada pensado... ¿Por qué?
- No lo sé, mon chéri, por si te apetecía salir conmigo hoy. ¿Que me dices?- dijo él con una sonrisa que deslumbraba.
- Eh... vale... no tengo nada mejor que hacer... ¿Cómo quedamos?
- ¿A las siete aquí? Es cuando termina mi turno.
- OK. Nos vemos entonces... ¿Cuánto te debo?- preguntó ella antes de abrir el bolso y sacar la cartera.
- Nada, todo esto corre a mi cuenta. Me lo cobraré esta noche llevándote a cenar. Ponte guapa. Aunque, claro, más guapa aún no se si podrás.
Leah se quedó mirando a David mientras éste volvía tras la barra y luego se levantó y salió del café.
Al llegar a su pequeño piso dejó el portátil sobre la cama y decidió qué ponerse esa noche. Tal vez aquel vestido lila de tirantes con un chal cortito del mismo tono y unos zapatos de tacón. O tal vez era demasiado. Pero le daba reparo ir demasiado poco arreglada. Aunque, después de todo, no era oficialmente una cita, sólo salían para pasar el rato y cenar juntos, pero no era una cita. ¿O si?
Necesitaba saberlo. No podía arriesgarse a meter la pata.
Cogió su agenda y llamó a la cafetería, como había hecho tantas veces para que le enviaran un paquete de croissants a casa porque estaba enferma.
- Si, dígame.- contestó la voz de una mujer.
- Hola, Jayne, soy Leah Watt.- dijo ella con educación.
- Ah, señorita Watt, ¿Cómo está usted? ¿Quiere que le enviemos lo de siempre?
- No, no, gracias Jayne. Hoy ya he pasado por la cafetería. Sólo necesitaba, si no es mucho pedir, hablar con David. ¿Se puede poner por favor?
- Si, enseguida se pone. Pase un buen día señorita Watt.- dijo la mujer antes de pasarle el teléfono al chico.
(Espero que guste. Es más para un público adolescente pienso yo, pero no se si a algún adulto puede gustarle. Gracias por leerme.)
Comentario (2 comentarios)
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Bienvenida, Aila, ya solo el nombre me gusta. Es diferente a todos los que se oyen cotidianamente, y tiene una sonoridad preciosa al combinar dos vocales redondas y asentadas "A" "a" con la inquieta "i" que parece hacer cosquillas y una espléndida "l" que te permite resbalar por ella. Me encanta que seas "menor" porque eso te da la oportunidad de seguir creciendo día a día y de ofrecernos todo lo que vayas aprendiendo. ¡Genial!, lo de mayor siempre tiene una connotación de "obligación", "compromiso",...y de estar más cerca del final que del inicio de algo.Y lo de "tu novela" ya es todo un lujo que alguien menor pueda publicar una NOVELA. Yo escribo en la linea infantil y ya he publicado mi primer cuento y sigo en otros. Mi mundo está muy ligado al de las personas diferentes, en particular de las que han nacido con una discapacidad, porque desde hace 10 años camino pasito a paso en mi vida al lado de la de mi hijo David que nació con Síndrome de Down y es el motor y el cuasante de que yo me encuentre en esta plataforma. Te mando una foto, como ya he hecho a otros miembros y espero acertar (refrescante y caudalosa el agua que discurre sin que se le ofrezcan demasiadas trabas en su viaje)